Vagando por Venecia ✔︎

Conocí a Venecia en julio de 2012, cuando tuve vacaciones de mi trabajo en Río, cuando vivía en Brasil. Fui de Río a Barcelona a ver unos amigos y tenía planificado ir también a Galicia a ver mi familia. Y me reservé unos días de las vacaciones para ir a París y a Venecia.

A París ya había estado pero fui otra vez influenciada por el tema del espectáculo de claqué para el cual estaba ensayando aquel año. Y Venecia era una ciudad que yo no conocía todavía y, por ser tan llena de detalles y colores, me pareció bastante apropiada para hacer pareja con París.

Y así fue que, después de ir a París, me fui a Venecia.

Cuando el avión se acercó a su destino, recuerdo haber una niña que, mirando atentamente por la ventanilla, gritó: “Papá, ¿la ciudad para donde estamos yendo está sumergida?” Desafortunadamente yo no tuve el placer de contemplar a Venecia desde dentro del avión. Sin embargo, echando un ojo a algunas imágenes después, directamente del Google, noto que, de hecho, es algo bastante curioso de verse. Sobretodo cuando tienes 7 años, que debía ser la edad de la niña.

Venecia, vista desde el cielo, tienes sus límites muy bien marcados en el encuentro con el agua. Y es permeada por esa agua a través de canales, por toda su extensión. Se parece a una galleta rota en varias partes, dentro de una taza de café.

Llegué al aeropuerto de Venecia en una mañana. Dentro de los límites del aeropuerto aún, me puse en una fila para comprar los billetes para tomar el famoso Vaporetto, que me llevaría a la Venecia propiamente dicha.

Vaporetto es una embarcación que, antiguamente, funcionaba a vapor y actualmente funciona con combustible (creo que el diesel) y es un tipo de transporte público. Interesante contar que, además del Vaporetto, hay barcos que son los taxis de la ciudad, que tiene canales para aburrir. Bueno, compré mi billete ida y vuelta (más barato) y me fui.

Dio santo! ¡Cómo tardó aquel trayecto! No sé si ha sido falta de suerte, sólo sé que tardé más o menos una hora dentro de la embarcación, que tenía muchísimos parajes, en donde recibía y dejaba pasajeros. Yo, que había llegado por la mañana en suelo veneciano, solo pude pisar en la isla por la tarde… Pero, al final, llegué y nada más llegar me impresionó mucho la Piazza San Marco. Bastante imponente, la Basílica de San Marcos destacaba del resto de las edificaciones.

Maleta en una mano, papelito con la dirección del hotel en la otra mano, y me fui a explorar la isla. Pero antes de cualquier cosa, me detuve en un chiringuito para comprarme agua y preguntarle al vendedor dónde estaba el lugar que yo buscaba, a ver si me podía ayudar. Normalmente no hay problema. No, en aquella época yo no tenía móvil. El mío se había estropeado en Brasil y yo estaba esperando el momento adecuado para comprarme uno nuevo.

Le pedí el agua, la pagué y le hice la pregunta. El señor, muy simpático, me contestó que la dirección que yo tenía del hotel no se refería a una calle, sino a un área de Venecia. ¡Madre mía! Que se complica la vida. La mía, claro. El señor del chiringuito siguió vendiendo sus botellas de agua tranquilamente.

Pues, no pasa nada. Me fui, caminando hacia donde había más gente. Y, por allí, cerca de la Basílica, había unos policías. Pregunté a la señora policía si sabía dónde estaba el hotel. Ella miró la dirección que le enseñé en el papelito y, sin ser muy precisa, dijo: “Ve por allí, dirección Rialto. Y, después, pregúntaselo otra vez a alguien.” Oh, ¡cielos! Dirección Rialto. Y por allí me fui.

Venecia es muy bonita, como se puede comprobar por las fotos. Y, durante el verano, todavía más. Bueno, nunca he ido en otra época, es verdad. Conozco a esa ciudad en verano solamente. Y no, no olía mal. Todo el mundo me hizo esa pregunta cuando volví de allí. Algunos hasta me contaron que un amigo de un amigo de un amigo les dijo que la ciudad huele mal. Yo lo que puedo decir es que yo estuve allí y no me olió a nada.

Pues eso, como os decía, el verano aporta un colorido especial a esa ciudad. He visto fotos de personas que la visitaron en invierno y me pareció todo muy gris. Si tuviera que elegir una estación del año para ir a Venecia otra vez, yo elegiría el verano mismo. Pensándolo mejor… Yo elegiría la primavera que debe de ser igual de soleada y calentita, pero con la ventaja de no ser tan agresiva en lo que se refiere al calor.

Sí, porque os tengo que confesar que se me hacía difícil caminar por allí con el calor que hacía. Y, cargando la maleta, el suplicio era más grande aún. Añádele a esto el hecho de que había muchos puentes por el camino. “¿Cuál es el problema con los puentes?”, algunos me podrían preguntar. Es sencilla la respuesta. Para cada puente, hay una cantidad considerable de peldaños que uno tiene que subir e, después, bajar. Muy bonito y romántico, pero, tirando de una maleta… No lo puedo decir que sí. Y fijaos que la mía era pequeña.

Ok, seguí caminando por la dirección recomendada por la policía y resolví hacer nueva consulta a unos señores que vi en un bar. Uno de ellos, muy amable, señaló una dirección y me dijo, con mucha seguridad, que yo debería caminar durante 20 minutos recto. “Todo recto, recto, recto…”, me decía. Y, entonces, girar a la derecha y caminar 5 minutos recto, recto.

Me pareció bastante curioso “caminar 20 minutos”. ¿Se hubiera el señor confundido con la unidad de medida? ¿O tendría él hecho un cálculo rápido, mirando el tamaño de mis piernas y, entonces, descubriendo la longitud de mi pasada para rápidamente llegar a la conclusión de que yo duraría 20 minutos en dicho tramo? No lo sé.

¡Lo único que os puedo contar es que seguí caminando y mirando el reloj!

Como él me había dicho que yo debería caminar recto, pensé: “Ok, no hay lugar a errores. ¡Es todo recto!” No me hizo falta caminar 3 minutos para ver delante de mí una bifurcación. ¿Recto? 20 minutos… ¿recto? Si yo pudiera pasar a través de las paredes, ¡sí!

Y ahora, ¿qué? Dentro de los 20 minutos se contaba también el tiempo de estar parada en una esquina, indecisa sobre cuál dirección tomar? Creo que no.

Yo sólo sé que, después de tanto vagar, me vi en una parte de Venecia donde pude constatar que todo el mundo era turista y, por eso, seguramente no me podrían darme ninguna información. Y el comercio ya empezaba a cerrar. El sol ya estaba a punto de ponerse. Lo positivo es que así se estaba mejor, más fresquito, pero… No me parecía atractivo pasar la noche vagando sin rumbo en Venecia, con una maleta.

Entonces pasaron por mí dos chicas que llevaban libros y iban conversando en italiano. ¡Mi oportunidad! Son de aquí y me pueden ayudar. Me acerqué a ellas y les pedí información, pero ellas no sabían donde estaba el hotel. Sin embargo, una de ellas enseguida tuvo la brillante idea de llamar al hotel. ¿Y sabéis qué? De su propio móvil. ¡Qué amable!

Así ella pudo hablar con el recepcionista, que le indicó con precisión el camino desde allí. Y la verdad es que ya estaba cerca. Solo me faltaba enterarme que, además de todo, yo estaba lejos. Le di las gracias mil veces a la chica y fui directamente a mi destino. ¡Por fin!

El día siguiente, me levanté y fui a pasear, ligerita y fresca. Las personas que llegaban en aquel momento del día, tirando de sus maletas, la mayor parte de las veces más grandes que la mía, bajo aquel sol y subiendo y bajando las escaleras de los puentes eran el retrato de la desolación. “Menos mal que yo ya había pasado por eso”, lo constaté.

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Otras aventuras:

Una historieta en Gibraltar ✔︎

Una anéctoda en Lisboa ✔︎

Olimpia: mente sana en cuerpo sano ✔︎

Formentera: paraíso en la Tierra ✔︎

Un paseo por Bruselas ✔︎

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