Una historieta en Gibraltar ✔︎

Iba yo caminando por una calle en el centro de Gibraltar. Era una de las más movimentadas y comerciales. Camino, miro algo, observo, me detengo. Vuelvo a caminar. De repente, una chica viene hacia mí, sonriente. Me llamó la atención una de sus manos, que se erguía en mi dirección. Tenía un pequeño paralelepípedo de color naranja y translúcido. Me lo ofrecía y le pregunté qué era. Y me contestó: “It’s soap!”

Amablemente acepté el jaboncillo y le di las gracias. Y ella, como es normal, entabló una conversación porque soy muy interesante. Me preguntó el nombre, me dijo el suyo, quiso saber de dónde era yo y qué estaba haciendo allí. Vendedoras… Ya sabemos como son. No pasa nada, le fui contestando.

Mientras estoy hablando, la vendedora se fija en mis uñas y me dispara: “Oh, ¿sueles llevarlas así, al natural siempre?” Le contesté que sí. “Estupendo”, me dijo ella. Y me llevó para dentro de la tienda. Pensé: “Oh-oh… Pérdida de tiempo.” Para mí, no, desde luego, ya que no tenía nada importante que hacer. Pero, para ella, sí. Porque yo ya tenía mentalizado que no compraría absolutamente nada.

Y me viene ella con unos curiosos objetos. Me enseña un conjunto de tres limas: una azul, una de color gris y otra blanca. Me pide que elija una de mis uñas. Elijo la del pulgar. Y ahí empieza a pasarme una de las limas en mi uña. Pero no sin mientras tanto, hacerme más preguntas: “A qué te dedicas? Es la primera vez que vienes a Gibraltar?” Termina de pasarme la lima y me avisa que va a usar ahora la segunda lima. Y anda a limarme la uña mientras me cuenta sobre dicho producto. Estaba hecho con no-sé-qué del Mar Muerto. ¿Y yo? Súuuuuper interesada.

Al finalizar con la segunda lima, viene con la tercera, por fin. La desplaza para un lado, para el otro, para un lado, para el otro… Y… ¡Charáaaaan! La uña brillaba. Parecía que le habían echado laca transparente de uñas. De verdad me impresionó el efecto. Entonces ella me pide que yo misma lo haga, pero ahora en otra uña. Lo hice. ¡Ohhhh! Ahora tenía brillando también la uña del dedo índice. Por fin, coge un removedor de laca y me lo echa en las uñas. El brillo permanecía intacto. Una maravilla de la Química este invento. ¿O sería de la Física? ¡Yo qué sé!

Lo que sé es que después de todo esto, ella se despidió y me dijo hasta luego. Mentira. Si esto pasara, entonces sí que me sorprendería de verdad. Pero no, ni hasta luego ni ostias. Ella vino, eso sí, con el golpe final. Aquel que que ya me lo esperaba yo. Me enseñó una caja en donde estaba un kit con las limas y dos pastillas de jabón. Me dijo: “Este kit con las limas y más estos dos jabones que son maravillosos y tienen un perfume riquísimo te sale por 50 libras.” Exactamente. Fifty pounds. Pero no se quedaba ahí la historia.

Al comprar el kit por 50 libras, yo automáticamente me llevaría de regalo un segundo kit. ¡Fijaos qué maravilla! Y ella seguía: “Tú le llevas un kit para ti misma y el segundo te lo llevas grátis, para que te lo puedas regalar a alguna amiga.” Tengo que tener cara de idiota, debe de ser. 50 libras por tres limas y dos jabones y ¿el segundo kit es grátis? ¿¿¿Grátis??? O llevo cara de tonta o de rica. Una de dos.

Vale, ella hizo su papel de vendedora y yo hice mi papel de persona resbaladiza: “Bye bye, so long, farewell…!” Y le dije que no tenía dinero para tanto. Pero, claro, ella no se quedó a gusto. Tenía que intentar alguna cosa más. No era posible, para ella, que yo dejara la tienda sin al menos estar segura de que ella me consideraba una perfecta idiota. Para eso estaba yo allí, al final. Para que mi inteligencia fuera insultada sin límites.

Preparaos, queridos, que ahora viene lo mejor. La graciosa chiquilla cambia su expresión, como si estuviera bastante empática con mi situación de sin-dinero, y me lo propone: “Mira, te he ofrecido un kit por 50 libras y otro grátis, para que pudieras regalarlo a una amiga. ¿Qué te parece si te ofrezco solamente un kit, para ti?” Y me lo dice ahora con la voz muy muy bajita, como si estuviera a punto de hacer algo proibido, algo que las otras vendedoras y frecuentadoras de la tienda no pudieran escuchar. En seguida, me pide que espere y, en tono misterioso, se dirige al fondo de la tienda.
Vuelve la criatura con una calculadora en las manos.

De forma bastante didáctica, me enseña el mostrador de la calculadora y repite una vez más todo el cuento, pero ahora mientras pulsa los botones. “Antes, sería un kit para ti por 50 libras y te llevarías otro grátis.” Y pulsa en la calculadora el número 50, para que yo siguiera ese cálculo tan complejo. “Ahora, te acabo de ofrecer un solo kit, con descuento. Te sale por 25 libras.” ¡Y teclea 25! ¿Os lo creéis?

Querida, para esto no es necesario usar calculadora. ¡Por favor! 50 entre 2 son 25. La matemática no falla. Lo que falla es ese discurso maligno de intentar hacerme la envolvente. Una caja por 50 libras con más una grátis es el nuevo dos cajas por 25 libras cada una, para esa vendedora. Ahórrame la paciencia, eso sí, por favor.

Fui educada y le dije que iba a darme una vuelta por la ciudad. Ella notó que yo no iría comprarle nada y me dijo, con la cara de desánimo: “It’s ok, love.”

 

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Otras aventuras:

Una anéctoda en Lisboa ✔︎

Olimpia: mente sana en cuerpo sano ✔︎

Formentera: paraíso en la Tierra ✔︎

Un paseo por Bruselas ✔︎

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