Una anécdota en Lisboa ✔︎

Esto pasó en enero de 2009. Había años que no iba a Portugal. El destino era Lisboa.

¡Qué ganas de caminar por aquellas calles tan coloreadas con azulejos y personas. Y de comer aquellos pastelitos tan ricos. Y de escuchar aquel acento que me es tan familiar. Mi familia, por parte de madre es portuguesa. Sí, cuando escucho a alguien hablando portugués con acento de Portugal, siento una  feliz sensación de bienestar. ¡En mi cabeza, todos los portugueses son mis amigos!

Bueno, mi ida a Lisboa tenía otro motivo: conocer el Oceanográfico de Lisboa. Mis abuelos ya habían estado allí y mi abuelo muchas veces mencionó el lugar con mucho entusiasmo. Como soy una coleccionista de museos y centros de ciencia, el Oceanográfico estaba entre los principales items de mi lista de “qué hacer en Lisboa”, en aquel momento.

Antes de empezar el viaje, hice un rápida consulta al “senhor doutor” Google sobre albergues lisboetas. Uno de ellos me gustó mucho. Era el Lisbon Poets Hostel. Buen precio, bien ubicado en el barrio del Chiado, uno de los más emblemáticos y bulliciosos de la ciudad. Las fotos que se veían en la web del albergue demostraban que se trataba de un lugar bien cuidado, bonito y limpio. ¡No se podría pedir más!

Nada más llegar al albergue, me encantó su decoración. La chica que me atendió me recibió muy bien. Verificó mi nombre en la reserva que había hecho, me dio la llave de la habitación, un dormitorio para seis personas. Y me ofreció una llave más, para el “cacife”. Cacife es un pequeño armario, debajo de la cama, que puede ser cerrado a llave. Sirve para guardar pertenencias mientras se pasea por la ciudad. En portugués brasileño: locker. ^_^

Le contesté, naturalmente, que sí. Y ella sencillamente me dijo: “La niña Adriana está sola en la habitación.” ¡Dios mío! ¡La niña Adriana está en la habitación! Me parecía una información muy importante. ¿Una tocaya mía estaba ya en mi habitación? ¿E iba a robar mis cosas? ¿Por eso ella me preguntaba si yo quería una llave para el locker? No. Esa Adriana era yo. Los portugueses tienen la costumbre de referirse a la persona con quien hablan por su nombre. En vez de decir “Tú estás sola en la habitación”, ella me dispara “A Adriana está sola en la habitación”. Y lo hace mirándome a los ojos.

La recepcionista quería con esto decir que, si yo estaba sola en la habitación, no habría ningún huésped más en el dormitorio. Entonces, no había la necesidad de que yo cogiera la llave para el tal cacife. Sin embargo, yo quise la llave. Nunca se sabe y, como se dice en Brasil, el seguro murió de viejo. Cogí todas mis cosas y me fui a mi dormitorio.

Ya era tarde de la noche y me puse a prepararme para irme a la piltra. Las duchas y los retretes estaban en baños diferentes. Fui rápidamente darme una ducha. Volví al dormitorio después para guardarme las cosas y me quedé un tiempo verificando e-mails y las redes sociales.

Cuando me pareció que ya era hora de acostarme, fui al baño de los retretes para hacer un pis, lavarme los dientes y quitarme las lentes de contacto. Había dos retretes. Uno de ellos estaba en un espacio normal, donde sólo cabe una persona. Pero estaba estropeado. Fui a echar un ojo al otro. Era para minusválidos. Como yo no tenía otra opción, me fui a ese. Cuando terminé… ¡charrán! La puerta no se abría.

¡Qué delicia, mis amigos! Qué delicia. Todo lo que querría yo era pasar la noche en el baño del albergue. O gritar como loca, pidiendo ayuda, algo que también me encanta hacer. Como podéis haber concluido, el albergue no estaba muy lleno, de modo que no había un tráfico intenso de personas entrando y saliendo del baño. Y ya era un poco tarde, es decir, la probabilidad de que apareciera alguien para ayudarme era baja.

Para no gastarme la voz (mi voz es preciosa, la ahorro siempre que puedo), seguí allí atenta a cada ruido para que, a la más mínima señal de presencia de alguien, yo pudiera gritar y pedir ayuda. Esas personas eran aquellas que, de ven en cuando, pasaban por el pasillo. Tardó un poco hasta que alguien entrara al baño. Quizás no haya tardado, pero mi percepción y memoria me dicen que sí.

Hasta, que por fin, alguien entró. Yo le dije, entonces, que no era capaz de abrir la puerta del baño y no podía salir de allí. La chica que me escuchaba me dijo que iba a pedir ayuda en la recepción.

Siempre que uno tiene un problema con relación a algo que no funciona como debería, la persona que viene a intentar ayudar empieza dándole las instrucciones más básicas del uso del objeto. Allí no fue diferente. “Gira el cierre de la puerta en sentido antihorario.” Madre mía, ¿cómo no lo había pensado antes?

Y entonces empiezo a escuchar una voz masculina. Era un señor que se había interesado por la situación. Por debajo de la puerta del baño, me dio una tarjeta de plástico, de esas que sirven como llaves en hoteles. La cogí. Él me dijo que yo debería pasar la tarjeta en el espacio entre la puerta y la pared, con el objetivo de levantar el cierre, abriendo, de esta forma, la puerta. Seguí la instrución a rasca tabla, pero nada. Desde el exterior, él me decía: “Anda, ¡más fuerza!” Pero ningún avance. Cualquiera que pasara por allí y le escuchara, seguramente tendría otra interpretación de esta historia que contar.

Ese tío lo estaba pasando bien, al final.Orgullosísimo, decía que esa técnica de abrir puertas con tarjetas de plástico la usaba cuando era ladrón. Estaba explicado. Dejó de serlo porque no era capaz de abrir ninguna puerta.

Delante del fracasado intento, el ex-ladrón tuvo una gran idea. Una ideota… “Voy para dentro. Entro saltando por encima de la puerta y te ayudo a salir”, dijo. Lo que faltaba ya. Estar encerrada en un baño, sola, en Lisboa, con un ladrón jubilado para hacerme compañía.

Y él entró. ¡Entró de verdad! Apoyado por un taburete, desde el lado de fuera del baño, pudo subir y pasar por el espacio entre la puerta y el techo. Listo. Ahora éramos dos personas encerradas en un baño. Claro que, antes de cualquier cosa, él quiso intentar abrir la puerta con sus propias manos y con la tarjetita de plástico. Imposible, misión fallida. Sin embargo brotó de su cabeza otra fantástica idea: que yo me pusiera sobre sus espaldas y, entonces, saltara por encima de la puerta para salir.

Queridos lectores, vosotros ya tenéis que estar preguntándoos por qué rayos ellos no llamaron a alguien preparado para resolver el problema. Sí, yo se lo pregunté a ellos. Pero la chica que estaba allí me contestó: “A esta hora no podemos llamar a nadie. Entonces, la solución que tenemos, de momento, es ésta.” Vale. El baño donde estábamos era el especial para minusválidos. ¿Y si yo fuera una persona con discapacidad? ¿Tendría que salir del baño saltando por encima de la puerta también? Le dije: “Estoy aquí, sola en Lisboa, y no me apetece caerme y hacerme daño.” Si eso pasara, no les quedaría otra: tendrían que llamar a alguien preparado para ello. ¿O, en vez de un médico, me trairían un experto en nada igual que mi colega de baño?

En fin. No fui capaz de subirme a los hombros del tío. Suena raro, pero así fue. Para solucionar por fin el caso, la chica nos pasó el taburete por encima de la puerta. Ahora éramos dos personas, un taburete y un retrete dentro del  baño. Subí en el taburetue y luego me pasé a la pared del baño. Más bien el portal. Y me quedé allí, tiemblando de miedo, casi tocando el techo. Me quedaba todavía bajar al suelo. Los que me conocen saben que no me gustan nada los desniveles. Eso de pasar de un lado a otro, corriendo el riesgo de caerme no es para mí. La chica me echó una mano y pude bajar.

Ya hace unos cuantos años que esto pasó. En aquella época, si ya había el Tripadvisor, no lo sabía. La verdad es que aquel era un excelente albergue. El único fallo ha sido este episodio.

Pero es que hay cosas que sólo pasan conmigo. Entonces, “se tu não és a Adriana, escusas de te preocupares”. ;))

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Otras aventuras:

Olimpia: mente sana en cuerpo sano ✔︎

Formentera: paraíso en la Tierra ✔︎

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